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Amor conyugal y contracepción (1)

por Tomás Melendo Granados- PUBLICADO EN ARBIL No. 117

 

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Este artículo analiza las conexiones entre felicidad, amor y contracepción, por un lado, y entre la continencia periódica y el posible crecimiento del amor conyugal, por otro; además de poner de manifiesto la abismal diferencia antropológica que separa el uso de contraceptivos y la auténtica y justificada Planificación familiar natural.

1. Amor y felicidad en el matrimonio

a) A vueltas con la moral

Por desgracia, el difundido uso de contraceptivos en nuestra sociedad suele no despertar ya ninguna extrañeza. Lo que sí sigue produciendo asombro —o, al menos, en mí lo genera— es la afirmación, nada infrecuente, de personas que reconocen que la ingesta de tales fármacos «está mal» desde el punto de vista ético, pero aseguran a continuación que eso «no les importa en absoluto». Más que desconcierto ante el hecho mismo, lo que maravilla es la ignorancia que parecen poner de manifiesto quienes así opinan. Ignorancia… ¿de qué? Casi diría que de todo o, al menos, de lo más fundamental: de lo que es la vida humana, de nuestro destino último, del bien y del mal, de ellas mismas. Solo se es capaz de medio comprender semejante actitud si se atiende a un planteamiento erróneo, pero muy generalizado en buena parte de la cultura occidental.

Se trata de esa perspectiva que reduce toda la ética cristiana a las dos afirmaciones siguientes: si te portas bien durante esta vida, recibirás —¡después!— un premio imperecedero; si te conduces mal en este mundo, obtendrás —¡también después!— un castigo eterno. Vistas así las cosas, con esta mirada un tanto empobrecida, se acierta a comprender que quienes se niegan a concebir más hijos pudiendo sin embargo recibirlos, razonen implícitamente: «Prefiero la felicidad presente, producida por la ausencia de “cargas” que los hijos llevan consigo, a una existencia desdichada y repleta de preocupaciones; y esto, aun a costa de ese castigo futuro, que, precisamente por su carácter venidero, ahora mismo apenas si me afecta». ¡Tremendo error de cálculo!, cabría decir con una mente un tanto más lúcida, por más generosa. Pero error de cálculo —simple error de cálculo, al fin y al cabo—, si se admite ese modo de entender la ética… y la antropología y la metafísica. Evidentemente, la moral cristiana es algo muy distinto. Reducida también a su expresión fundamental, que comparte con la moral natural más genuina, vendría a sostener lo que sigue:

+ si obras mal te estás haciendo, ya en el mismo instante en que actúas, malo;

+ si, por el contrario, te comportas como debes, te vas tornando, también desde ese mismo momento, bueno. Se trataría, como sostiene Carlos Cardona, de hacer ver a la gente, comenzando por nosotros mismos, «…el porqué de la bondad o de la maldad ética de un acto determinado. Hacerle comprender que la ética es objetiva y no arbitraria. Ayudarle a que entienda no ya lo que le pasará después, al final, sino lo que le está pasando ya, cuando hace el bien o cuando hace el mal. El hombre bueno, que hace el bien, se está haciendo más bueno cuando hace el bien: va adquiriendo hábitos, capacidades, virtualidad, se está convirtiendo en un hombre íntegro, en una auténtica “buena persona” (en el buen sentido de la palabra, diría Machado). Más allá del premio y del castigo —temporal o eterno— hay que hablar del bien y del mal, como bueno o malo en sí mismo». El que tal modo de expresarse resulte muy poco significativo para casi la generalidad de nuestros conciudadanos, revela hasta qué punto una especie de subjetivismo hedonista y pragmático, con su elevada proporción de relativismo, ha hecho presa en la mente de quienes nos rodean.

Traduzcamos, pues, nuestras afirmaciones con palabras un tanto más adecuadas a la mentalidad moderna:

+ al obrar bien «te realizas» como persona, creces en humanidad, te conviertes en un hombre más íntegro; + al actuar contra la ley moral, por el contrario, introduces una contrahechura en lo más íntimo de tu ser, te destruyes como persona, te des-haces. Supongamos que todo esto, todavía, resulte irrelevante. Habría que intentar entonces una nueva versión, capaz de «decirle algo» al hombre de hoy, tan obsesivamente preocupado por el bienestar y el placer:

+ solo si obras bien te perfeccionas, y solo si te transformas en una persona mejor podrás ser feliz; + y a la inversa: el varón y la mujer que se deshacen a sí mismos, caminan derechamente, ya en esta vida y a bastante buen paso, hacia la infelicidad. ¿Se entiende ahora por qué afirmaba que solo la ignorancia puede conducir a alguien a sostener que el estar obrando mal no le importa en absoluto? ¡Tremenda inconsciencia superficial! Porque esa situación degradada y degradante lleva por fuerza consigo la desventura; y nadie dotado de un mínimo de sinceridad podría asegurar que le importa poco o nada el ser dichoso: todos deseamos ardientemente, de manera natural, inevitable y constitutiva, encontrar la felicidad. Solo que, como tantos otros hoy día, quienes razonan así en referencia con los anticonceptivos desconocen en buena medida los «mecanismos» que les permitirían ser felices; y, mientras creen poner los medios para alcanzar la dicha en esta vida, se encaminan derechamente, a causa de esos mismos instrumentos —el uso de contraceptivos, entre otros—, hacia la infelicidad más segura. ¿Resulta lícito —¡y humano!— que me quede indiferente ante semejante situación?

b) La felicidad conyugal Pero ¿por qué me atrevo a sostener, tan tajantemente, que el empleo de anticonceptivos conduce tarde o temprano —y, en ocasiones, más bien temprano— a la desventura? Por una razón muy sencilla, a la par que profunda y definitiva: Porque la utilización de esos métodos atenta indefectiblemente contra el amor; y solo el amor engendra, como resultado no perseguido, la felicidad. Se trata de algo que ya sabemos y que solo exige ahora un pequeño recordatorio. Lógicamente, al hablar de «mecanismos» de la felicidad empleo una expresión figurada y, en cierto sentido, casi contradictoria: no hay, propiamente, «mecanismos» que aseguren la dicha. Esta es consecuencia de una «vida lograda», de una existencia plenamente humana, íntegra. Con todo, sí que existen unas a modo de «leyes» que determinan la consecución de la felicidad. Podrían reducirse a dos: una negativa y otra positiva.

+ La primera sostiene que la felicidad nunca se logrará cuando se camine explícita y directamente en pos de ella, que la felicidad solo se consigue cuando no se la persigue. Lo vimos en su momento: nunca conquistaremos la dicha definitiva si hacemos de su logro el objetivo inmediato y directo de nuestros esfuerzos. La felicidad-dicha es siempre un corolario, algo añadido que se nos otorga como «premio» y, en ese sentido, incluye siempre cierta razón de «regalo», de dádiva gratuita. + Pero premio o regalo, ¿de qué? La contestación constituiría la segunda «ley» de la felicidad: retribución de una existencia plenamente humana, de una «vida lograda», en la que uno se cumple como persona. Y esa plenitud se alcanza a través del amor: solo esforzándose en amar cada vez más y mejor construye el hombre una biografía que lo va colmando como persona. Para mostrarlo, y dando por sabidas otras razones, propongo acudir ahora a la experiencia ordinaria, observando de nuevo con Cardona: «Si se le pregunta a una persona —de cualquier clase o condición, cultivada o no— qué entiende por un hombre bueno, nos responderá sin titubear: un hombre bueno es el que hace el bien, o por lo menos lo desea, lo procura y si puede lo hace. Y si insistimos: pero el que hace el bien a quién, ¿a sí mismo o a los demás?, la respuesta será siempre: a los demás; porque el que solo desea, procura y se hace el bien a sí mismo, será “listo” [«listillo», diría yo], pero no propiamente bueno. Seguimos preguntando: ¿y quién es el hombre malo? Nos responderán: el que desea, procura y si puede hace el mal. ¿A quién? A los demás; porque el que se hace el mal a sí mismo, es “tonto”, más que malo».

Estoy seguro de que al lector le quedará la suficiente dosis de perspicacia y de sentido común para advertir que la expresión «hombre bueno» es la manera más directa, profunda y eficaz de denominar lo que, con términos menos sencillos y realistas, calificamos como persona cabal o cumplida, persona «autorrealizada», persona perfecta. La conclusión también nos suena: esencial y radicalmente no hemos de querer ser felices o dichosos, sino buenos; y es así como además, como una sorprendente consecuencia, nos advendrá la dicha y la ventura. Invertir las relaciones, en un intento desaforado de asegurar el propio bienestar, sería «pasarse de listo» y abocarse ineludiblemente a la más cruel de las desventuras. Porque la felicidad es siempre la consecuencia —¡no buscada!— de la propia perfección, de la propia bondad. Y para ser buenos, hay que olvidarse de uno mismo, incluso de la propia perfección, y querer y procurar el bien de los demás. Para ser buenos, perfectos, hay que aprender a amar. Únicamente entonces, cuando la desestimemos plenamente, nos sobrevendrá, como un regalo, como un don inesperado, la felicidad. El amor, solo el amor, engendra la dicha. Un nuevo paso, antes de entrar directamente en nuestro tema. Se trata de algo casi obvio; de acoger la verdad de la ecuación que ahora propongo, y que representa la clave de estos últimos escritos: «El amor es a la felicidad lo que el amor conyugal es a la felicidad conyugal. Así como el amor hondo, genuino, es condición ineludible —¡y suficiente!— para engendrar la dicha en cualquiera de las circunstancias en que transcurre la existencia humana, un verdadero y profundo afecto entre los esposos es la causa radical —y de nuevo suficiente— para generar la felicidad en ese ámbito tan trascendental de la vida que constituye el matrimonio». Si aceptamos estas afirmaciones, solo queda mostrar que el uso de contraceptivos se opone a la radicación y al desarrollo de un auténtico amor entre los cónyuges, y que, en consecuencia, perturba —o incluso elimina— su felicidad. Lo que puede resumirse contestando a este interrogante: ¿por qué las acciones anticonceptivas lesionan forzosamente el afecto que media entre marido y mujer?

2. Contracepción, «odio» a la vida y amor conyugal

a) La autoridad y los hechos Voces muy autorizadas han puesto de relieve en estos últimos tiempos que el uso de contraceptivos constituye, de por sí, un atentado contra el amor. Personalmente, oí hablar de este asunto por primera vez a un hombre muy de Dios y, por lo mismo, profundo conocedor del corazón y el amor humanos; solía emplear una expresión cargada de fuertes resonancias: «cegar las fuentes de la vida». Evidentemente, no se trataba de una mera opinión aislada. Recogía el sentir común del Magisterio católico de todos los tiempos, particularmente explícito —por la especial magnitud que presenta al problema— en el momento presente. Como botón de muestra, sirvan dos testimonios de excepción: Pablo VI y Juan Pablo II. Toda la Encíclica Humanae vitae apunta a subrayar el estrechísimo vínculo que liga el uso ordenado de la sexualidad al engrandecimiento del amor entre los esposos. Así lo expresa uno de los textos más citados del Documento, el que alude a «… la inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no debe romper por iniciativa propia, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador». Bastaría recordar, por una parte, que el efecto más propio del amor auténtico es la unión profunda entre quienes se quieren; y, por otra, que el uso de anticonceptivos elimina la posible procreación, donde la fusión (en el hijo) alcanzaría su cenit… para advertir hasta qué punto el empleo de contraceptivos, por impedir la auténtica y completa compenetración personal, se opone también al desarrollo del amor entre los esposos. Lo afirma categóricamente Juan Pablo II, en una frase que, aunque dura, no dudo en calificar de lapidaria: «La contracepción contradice la verdad del amor conyugal». Pero si he aducido argumentos de autoridad, era simplemente para dejar constancia de lo que, al respecto, sostiene la Iglesia católica. No es esa mi función, pero lo he considerado conveniente. Tampoco es propiamente «lo mío» el aportar datos y estadísticas. Pero asimismo estimo oportuno proporcionarlos… remontándonos a aquellos tiempos en que eran significativos, porque el uso de contraceptivos no estaba tan difundido como hoy, y podían observarse mejor las diferencias entre quienes los utilizaban y quienes no. El núcleo de la comprobación «experimental» cabe encontrarlo en Relato de una madre, de Victoria Gillick: «A lo largo de los últimos años —escribe la autora—, en el tiempo en que más y más parejas han estado usando continuamente la contracepción, el número de divorcios ha crecido como la espuma». Más adelante, recuerda las palabras de Pablo VI, «… cuando advertía que el fácil control de los nacimientos fomentaría la infidelidad matrimonial, el indiferentismo de los hombres y su agresividad sexual». Y agrega: «… nos guste o no, ahí está el hecho de que la “infidelidad matrimonial” y “la conducta irracional” son los dos motivos citados con más frecuencia en las causas de divorcio en estos años. En 1986, por ejemplo, casi la mitad de los divorcios fueron concedidos por el primer motivo, con 27.000 maridos adúlteros y 19.000 mujeres adúlteras; mientras que la otra mitad de los divorcios fueron concedidos a 57.000 esposas a causa del comportamiento irracional de los maridos» «¿No es muy posible —prosigue— que haya alguna relación directa o indirecta entre la contracepción continua y el derrumbamiento del matrimonio? »Después de todo, se ha observado un aumento rápido de los conflictos matrimoniales en todos aquellos sitios donde se ha introducido la contracepción a gran escala, aun en los países en los que el divorcio no está legalizado. En un libro excelente y lleno de detalles, publicado en 1985 y titulado La píldora amarga, La Doctora Ellen Grant señala que un estudio de 1974 del Real Colegio de Médicos Generales había encontrado ya que el divorcio era dos veces más frecuentes entre las usuarias de la píldora». + Como es lógico, Gillick advierte que el espectacular aumento de divorcios en las últimas décadas responde también a causas distintas de la contracepción: una generalizada disminución del «sentido» de la lealtad, una legislación más permisiva respecto a la disolución del vínculo, el descrédito de la institución matrimonial o, incluso, la misma mentalidad consumista, que tiende a desechar «lo usado». Todo ello es evidente. Pero en absoluto disminuye la fuerza de las correlaciones que acabo de consignar, y que podrían resumirse así: a mayor uso de medios anticonceptivos, automático incremento de conflictos, infidelidades, violencia y separaciones. Se trata de hechos, verificables y compulsados. Esto es lo que ha ocurrido, en Occidente, con la difusión de las prácticas anticonceptivas. ¿Tenía necesariamente que suceder? b) Contra la vida personal La gravedad de las costumbres contraceptivas, su inevitable incidencia sobre el amor y la felicidad conyugales, comienzan a ponerse de manifiesto al advertir que esas prácticas llevan consigo un cierto odio o —si se prefiere, pues, en fin de cuentas, viene a ser lo mismo— un rechazo más o menos consciente de la vida. Se trata, qué duda cabe, de expresiones fuertes y dolorosas, que lo son más todavía porque la costumbre casi generalizada lleva consigo el que la mayoría de las personas no cuestionen el asunto… y a veces ignoren en qué consiste, incluso fisiológicamente, la contracepción. Por eso pido un tanto de calma y serenidad, sabiendo que no pongo en juego la rectitud moral de nadie, sino que más bien me ocupa el intento de ayudarles a ser más felices. Amor y «odio», por tanto (entendiendo el segundo término en el sentido no-sentimental ni afectivo, sino voluntario, que más tarde explicaré). + En su momento hablé del amor como re-creación, como aprobación o confirmación del ser de lo amado. Y expliqué que el sentir de la persona realmente enamorada podría resumirse en expresiones como: «es maravilloso que existas»; «yo quiero, de manera incondicional y ardentísima, que existas para siempre»; «me entusiasma, me llena por completo, el que hayas sido creado o creada». + Desde tal perspectiva, amar es querer que otra persona penetre o permanezca en el ser; desear, de la manera más radical y eficaz posible, la vida. Por eso la apertura a los hijos —con independencia de que vengan o no— constituye la máxima manifestación de amor conyugal. ¿Y la contracepción? + En su misma esencia, o al menos como un añadido voluntariamente no evitado, la contracepción es odio, repudio, oposición al vivir. Quienes recurren a los métodos anticonceptivos, y en cuanto recurren a ellos, lo hacen, justamente, para impedir que una nueva persona —el hijo «no deseado»— venga a la existencia. + Es cierto que el ejercicio anticonceptivo daña gravemente la nobleza de las relaciones sexuales de los cónyuges. Y también que hoy día es por ahí por donde suele enfocarse el problema, y con razón, puesto que materialmente se encuentra siempre ligado al ejercicio de la sexualidad. (Solo muy raramente, aunque estimo que con propiedad, puede hablarse de anticoncepción o mentalidad anticonceptiva —o incluso abortiva— cuando no media una relación sexual entre varón y mujer: sería, por ejemplo, el caso de los gobiernos que obligan a matar a los hijos de sexo femenino. Lo normal, por el contrario, es que los contraceptivos sean utilizados por personas fértiles que han tenido o desean tener trato íntimo capaz de dar origen a una nueva vida… pero rechazan ese «efecto»: el hijo). En cualquier caso, nada de esto elimina, al menos desde mi punto de vista, que la ilicitud de la anticoncepción derive también —y en cierto modo prioritariamente, aunque no en la intención expresa de quienes se unen de esta manera— de su oposición a la vida. En este sentido, y aunque choque con nuestros oídos culturalmente modernos, al menos desde el siglo XIII, la tradición católica ha establecido una estricta semejanza entre la contracepción, en cualquiera de sus modos, y el homicidio, la eliminación intencionada de un inocente. Lo cual se ve con nitidez en los procedimientos «anticonceptivos» que, en realidad, llevan consigo el aborto… y que cada día son más numerosos, aunque con frecuencia sus usuarios lo desconozcan. En ellos, la voluntad anti-vida propia de la contracepción se convierte en exterminio de una persona ya existente: su gravedad objetiva, por tanto, con independencia de las intenciones y de la imputabilidad real a quienes lo practican, es la misma que la del homicidio voluntario y premeditado. ¿Y en el uso de los medios contraceptivos que previenen y evitan el surgimiento de un nuevo ser? Distingamos. + También ahora, el aborrecimiento de la vida que configura o se une intrínsecamente a la contracepción resulta equiparable —¡no igual!— a la eliminación de un individuo adulto; quienes actúan contraceptivamente pretenden que no exista esa persona a la que podrían dar origen con sus relaciones íntimas; y, desde este punto de vista, la contracepción «preventiva» sigue siendo comparable —¡nunca idéntica!— al homicidio voluntario. + Pero, en efecto, el recurso a los contraceptivos de este tipo no suprime una vida ya existente, sino que impide la instauración de una nueva; desde esta perspectiva, la situación del homicida es diferente a la de quienes practican la contracepción; aunque también da la impresión de que esa diversidad no basta para eliminar la gravísima ilicitud de los métodos anticonceptivos; y, sobre todo, que no es suficiente para desproveerlos de su negativa incidencia sobre el amor entre los cónyuges, que es el aspecto que ahora nos ocupa. · Para apreciar este último extremo, centremos de nuevo nuestra atención en la sublimidad de la persona humana: un ser destinado a introducirse, por los siglos de los siglos, en la íntima efusión amorosa que constituye intrínsecamente a la propia Trinidad: «alguien delante de Dios y para siempre», por apelar a la feliz fórmula, ya conocida, que acuñara Cardona tras las huellas de Kierkegaard. Y recordemos: + A ese «amigo potencial de Dios» le damos origen poniendo en juego, con un acto capaz de unir íntimamente a dos personas, los resortes de nuestra sexualidad.

+ Es esa vida —participación natural de la Vida eterna del Absoluto, otorgada desde el preciso instante de la concepción para perdurar con sus características singulares y concretas durante toda la eternidad— la que se origina en la unión conyugal fecunda.

+ Y es esa misma vida —concreta, individual y eterna: no una mera posibilidad abstracta— la que negamos al actuar contraceptivamente. Puede que las prácticas contraceptivas disminuyeran si se reflexionara sobre cuanto acabo de sugerir. Porque, tal como la estamos viendo, la contracepción no es solo odio a la vida, así en general, sino rechazo de la existencia de un ser personal, de un «interlocutor perenne del amor divino», que, si no entra en la existencia como fruto de esa concreta unión… jamás podrá —¡él!— introducirse en ella. De ahí, obviamente, su ilicitud. Y de ahí su necesaria incidencia sobre el amor de los esposos. Recordemos una vez más las palabras con las que Pieper caracterizaba el amor como corroboración en el ser, como aprobación del vivir. ¿Será posible que el amor conyugal, afirmación de la existencia, arraigue y se desarrolle junto a una decidida actitud «anti-amorosa», de repudio del ser y de la vida? Podrá objetarse que el destinatario del amor y el del supuesto odio no son la misma persona; que a quienes los esposos aman es al otro cónyuge, mientras que el destinatario de su presunto odio es la posible persona del hijo. Respondo en dos momentos.

1) Antes que nada, me resulta difícil admitir que disposiciones tan radicalmente contrapuestas —la del amor y la del odio— convivan pacíficamente en una misma voluntad, sin que la primera quede «contaminada» por la segunda. Sería poner entre paréntesis una verdad metafísica, reiteradamente comprobada y de una innegable trascendencia práctica: la de la compacta unidad de la persona humana, a la que ya dedicamos algo de nuestra atención en este mismo escrito, y que hemos desarrollado ampliamente en nuestros trabajos de antropología.

2) Pero es que, además, al examinar el asunto con un punto de hondura, se advierte que tampoco es cierto que los destinatarios de los dos movimientos opuestos de la voluntad sean en rigor personas tan distintas. Tras cuanto llevamos visto, no es difícil comprender que, cuando no se quiere al futuro hijo, se rechaza también, en cierto modo, a la persona del cónyuge… y a la propia persona: si no de forma absoluta, al menos de manera parcial, pero eficaz. ¿Cómo advertirlo?

c) Suicidio y homicidio «limitados» Considerando de nuevo, de forma sucinta, la naturaleza del amor. Explicaba en su momento que cabe «desplegar» el amor en tres elementos constitutivos:

1) la confirmación en el ser de la persona querida;

2) la búsqueda de su plenitud; y

3) la propia entrega. Quien ama no solo desea que el objeto de sus amores viva, sino que pretende, en el mejor sentido de la expresión, que «viva bien», que alcance la perfección; y se pone por entero al servicio del ser querido para que conquiste ese acabamiento terminal. La inaugural aprobación no basta: no hay verdadero amor si no se busca eficazmente la plenitud de la persona querida mediante la entrega del propio ser.

El amor conyugal no constituye una excepción a estas reglas.

También en él la búsqueda del bien para el amado se articula en los tres pasos indisolubles de confirmación del ser querido, ansias de que logre su perfección y donación amorosa de la propia realidad, incluido el cuerpo y su capacidad procreadora. Con lo que empieza a intuirse hasta qué punto, cuando se obra contraceptivamente, se lesiona el mutuo amor, al eliminar el bien más específico de la comunidad conyugal: el hijo. Porque ¿acaso no es la persona del hijo el más radical valor que podemos desear para nuestro cónyuge?; ¿no es un nuevo ser personal el bien de mayor calibre que podemos ofrendar a otra persona y, por decirlo así, ofrecer para su propio perfeccionamiento a nuestro mismo ser? Pues la contracepción niega, drásticamente, esa múltiple posibilidad de progreso. Rechaza de modo parcial el propio ser, en cuanto este tiende a la plenitud, así como el ser del cónyuge.

Y, desde este punto de vista, hablando un tanto figuradamente con el fin de dar más fuerza a las expresiones, comete un «homicidio» y un «suicidio», aunque incompletos. En un trabajo conjunto, Grisez, Boyle, Finnis y May lo expresan con claridad, aunque tal vez también con demasiada crudeza y un leve tinte de metáfora; al ejercer la contracepción —afirman—, los esposos incurren, de común acuerdo, en la grave falta del «… suicidio limitado: deciden eliminar su propia vida, en el momento en que están a punto de transmitirla, cuando una nueva vida podría surgir».

Odio cuasi homicida hacia el hijo, odio cuasi homicida hacia el cónyuge, odio cuasi suicida hacia sí mismo. ¿Se entiende ahora por qué la contracepción tiene que dañar ineludiblemente el amor entre los esposos? ¿O acaso pueden coexistir, en convivencia pacífica, el amor y el odio? Llegados a este extremo, estimo preciso volver a dejar claro que, con las presentes afirmaciones, no he pretendido herir los sentimientos de quienes, por una causa u otra, practican la contracepción. Pero ahora puedo aportar ciertas razones esclarecedoras. + Nada de lo que he dicho se sitúa en el nivel de la afectividad. - Lo que está en juego, es un conjunto de verdades dirigidas a la inteligencia, y que pueden ser aceptadas o rechazadas también por influjo de la voluntad.

- Y, en concreto, al hablar de amor y odio, es a la voluntad a la que directa y exclusivamente estoy apelando, ya que solo los actos voluntarios, libres, son significativos éticamente: solo ellos determinan el bien o el mal. No se trata siquiera de sugerir que quienes practican la contracepción estén desprovistos de motivos para no desear la venida al mundo de un nuevo hijo. Tampoco pretendo que semejantes razones carezcan de peso específico y se reduzcan simplemente a la comodidad, el egoísmo o la búsqueda del bienestar. Igualmente, no supongo en absoluto que, si las circunstancias cambiaran, la prole seguiría sin ser gozosamente acogida. Y, sobre todo, lejos de mí dar por supuesta una especie de inquina emocional, de sentimiento agresivo, contra el hijo no deseado. Las presentes reflexiones se dirigen a la inteligencia. Por tanto, utilizan las palabras en su acepción más propia. Y, en su significado más estrictamente humano, amor es, en su esencia, el movimiento de la voluntad que quiere el bien para otro, y odio es, en su sustancia más íntima, el impulso contrario —¡también de la voluntad!— que lleva a querer su mal. Y como el bien fundamental es el ser, sin el que ningún otro bien resulta posible, amar es corroborar en el ser, y odiar, en sentido estricto, es excluir de la existencia a la persona no grata: con la voluntad y con los hechos… pero no necesariamente con la afectividad. Amor y odio no están por fuerza relacionados con los sentimientos, y a veces incluso se contraponen a ellos.

+ Con relativa o total independencia de lo que sintamos, el amor y el odio, como actos de la voluntad, se manifiestan primordialmente en intenciones, decisiones y acción.

- Y como los esposos contraceptivos deciden impedir la instauración en el ser de la posible prole, - y como la impiden de hecho mediante el ejercicio activo de los distintos procedimientos de contracepción,

- lo que los mueve es, en correcto castellano, odio a la nueva vida… - incompatible con un auténtico amor conyugal.

+ Todo ello, al margen de sus sentimientos.

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