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Amor conyugal y contracepción (2)

por Tomás Melendo Granados- PUBLICADO EN ARBIL No. 117

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3. Amor contra-ceptivo, amor contra-dictorio

a) Las relaciones contraceptivas Al disponerme a embocar este nuevo tramo, quisiera recordar algo bastante sabido: para que el ejercicio de la sexualidad dentro del matrimonio favorezca el amor conyugal resulta imprescindible que el trato corporal íntimo sea, a su vez, expresión de un amor hondo, personal y genuino.

Por el contrario, la mera relación sexual, desligada de toda actitud profundamente amorosa, no solo no incrementa el amor entre los interesados, sino que puede incluso llegar a hacer imposible el mismo ejercicio acabado del sexo. Un ejemplo sencillo podría quizás esclarecer el asunto. En la misma medida en que incorpora a su ámbito pequeñas ramas y hojarasca, un fuego incrementa su vigor y su potencia íntima, se afirma en su propia condición de llama, se conserva y acrecienta. Pero con una condición: que las realidades introducidas en su radio operativo sean efectivamente combustibles, de modo que la naturaleza de la lumbre pueda «expresarse» —si se me permite la metáfora— haciendo presa en ellas y conformándolas a su estructura ígnea. En caso contrario, si la fogata no logra asumir realmente esos materiales —por ser radicalmente incombustibles, pongo por caso—, e informarlos con su propia esencia, la acumulación de substancias producirá el efecto contrario: hará languidecer el fuego original, hasta llegar a extinguirlo. En resumen: para que reviertan en una mejora del amor espiritual y afectivo y en la felicidad de los cónyuges, las relaciones matrimoniales tienen que ser exteriorización auténtica de un amor auténtico. ¿Cuándo cumplen con esta condición? La mejor antropología de todos los tiempos enseña insistentemente que la mera satisfacción del impulso sexual no constituye, por sí misma, factor de perfeccionamiento de la persona humana: ni fuera… ¡ni dentro del matrimonio! Ciertamente, una unión conyugal realizada en conformidad con la naturaleza, llevada a conclusión, y no desprovista voluntariamente de su virtualidad procreadora, resulta lícita. También cuando el móvil subjetivo fuera la simple satisfacción del deseo, siempre que no elimine positivamente los otros elementos. Pero la pura legitimidad de una acción no asegura, ni mucho menos, su vigor perfectivo.

No todo lo lícito es antropológicamente bueno, perfeccionador. Las relaciones íntimas serán buenas en la misma medida en que se «integren» en el matrimonio —que es el ámbito donde resultan legítimas y perfectivas—, sirviendo a sus fines radicales. Por tanto, en cuanto favorezcan la recíproca fidelidad amorosa, se abran a la recepción de los hijos y manifiesten y realicen la comunión mutua. Pero ¿cómo podemos saber, en la vida diaria, que determinada unión física expresa efectivamente el amor personal de los esposos? Recordando que el tercer momento constitutivo del amor, el que resume en sí y otorga su perfección definitiva a los anteriores, es la entrega: el obsequio del ser, de la persona… completos.

De acuerdo con lo explica Brancatisano, «… el amor, en todas sus expresiones y especialmente en la sexual, consiste en caminar hacia el otro, es una relación. Como en toda relación, se produce un intercambio que, en este caso, es excepcional porque consiste en la entrega total y sin condiciones de sí mismo que uno hace al otro. Aunque no es una regla escrita, tal vez es la más clara de cuantas presiden la organización de este mundo. Nadie está obligado a respetarla si no es por voluntad propia. Nadie es capaz de querer para sí mismo un amor que no sea así: único y total. Fuera de este contexto la expresión sexual no puede ser amor, aunque nos hagamos la ilusión de que lo es. Es otra cosa: búsqueda, debilidad, error, deporte, apuesta, desafío. En todo caso, turbación en vez de realización de uno mismo».

Pero entrega es donación, dádiva. En consecuencia, el trato corporal no resultará perfectivo mientras no exprese y lleva a cabo, a través de la entrega corporal, la donación de la persona toda. Ahora bien, la condición de posibilidad de la donación es el autodominio: nadie puede dar lo que en efecto no tiene. + En este sentido, lo que hace viable el amor personal entre los hombres, elevándolos infinitamente por encima de los animales, es, en primer lugar, la posesión del propio ser, que reciben de Dios en propiedad privada, inalienable e inamisible; y, después, el efectivo control que ejerzan sobre su voluntad, afectos, pasiones, apetitos… + Paralelamente, el requisito ineludible para que el trato corporal constituya en verdad una dádiva es la eficaz hegemonía sobre el impulso sexual, sobre el deseo. - Y la mejor prueba de que ese imperio se ejerce es la demostrada capacidad de abstenerse de mantener relaciones cuando exista una razón suficiente para no tenerlas. - Como también, y a veces en la misma magnitud, el acceder gustoso a la unión física, si se advierte que el cónyuge lo necesita, por más que nuestra inclinación instintiva resulte en esos momentos leve o inexistente. El verdadero obsequio supone libertad, y la libertad implica autodominio.

+ Cuanto más se afinque en la libre voluntad amorosa el motivo que lleva a mantener relaciones conyugales, y cuanto más se eleven esas razones por encima de la mera necesidad de dar cumplimiento al impulso, mejor encarnará nuestra unión la condición de dádiva obsequiosa y gratuita en que cristaliza el amor.

+ Por el contrario, en la proporción en que más dependa de la simple satisfacción del instinto, más se acercará a un «arrebatarse mutuo», recíprocamente consentido, que a la positiva donación libre y voluntaria de lo que, porque se posee en plenitud, puede seria y realmente entregarse al otro.

b) Integración y desintegración en el trato íntimo Pero con esto quedan señalados los requisitos que hacen del trato corporal una efectiva entrega. · Nos falta analizar las condiciones que convierten la donación del cuerpo en expresión de la dádiva personal, de toda nuestra persona.

+ Para ello es imprescindible que no se rompa, en la práctica, la unidad (en el ser) del cuerpo y el alma que constituyen a la persona humana, y en cuya consideración antes nos detuvimos.

+ Pues, en efecto, solo si se mantiene la estrecha ensambladura de espíritu y materia propia del sujeto humano, podrán las relaciones físicas manifestar a la persona toda, en la que real y vitalmente se hallan instaladas.

+ En este sentido, la noción clave de todo el asunto es la de integración. Y lo que más se opone a ella es, de nuevo, la búsqueda desamorada del placer. · Distintos autores recuerdan cómo los efectos de la desintegración se ponen claramente de manifiesto en la satisfacción solitaria del impulso sexual, conocida normalmente como masturbación.

+ Cuando alguien se masturba, al concentrar todo su interés en la satisfacción del estímulo sexual, acaba casi por transformarse en un puro «centro sensorio-emocional» (sin voluntad ni inteligencia): en «algo» capaz de experimentar el estímulo del sexo y el deleite que se produce al aplacarlo.

+ En consecuencia, y con mayor intensidad conforme la excitación es más vehemente, las dimensiones estricta y propiamente personales —la inteligencia que razona y la voluntad que ama— resultan excluidas de la actividad autogratificante, excepto en la medida en que se ponen al servicio de esa misma satisfacción.

+ El cuerpo, por su parte, se convierte en algo extrínseco, en un «objeto» o «instrumento» para eliminar la excitación y sustituirla por el deleite. En tales circunstancias, la persona humana se fracciona, se des-integra: queda rota la unidad del cuerpo, sensibilidad, emociones, inteligencia y voluntad, que la constituye íntimamente. Y eso es lo que, desde el punto de vista antropológico, explica la ilicitud moral de semejante tipo de actividades: el hombre, la persona, se des-hace, actúa contra sí mismo.

· ¿Y en las relaciones sexuales no solitarias? Si lo que las provoca es exclusivamente la búsqueda de la satisfacción sexual, la des-integración personal de quienes en ellas intervienen —o de uno solo, en su caso— presenta efectos devastadores. En fin de cuentas, se torna imposible la donación personal en que, al cabo, consiste el amor. + En efecto, esa dádiva se realiza mediante el mutuo obsequio de los cuerpos, en la exacta medida en que estos compendian o resumen a la persona toda: es decir, con la condición de que entre el organismo físico y el alma, de la que dimana para el hombre su dimensión estrictamente personal, no se introduzca ruptura alguna. + Pero la índole «instrumental» del cuerpo de quien solo busca el placer lo «desliga» o «separa» del núcleo constitutivo de la persona (una persona nunca puede transformarse en instrumento… ni un instrumento-cosa gozar realmente de la condición personal). - Y, entonces, más que como medio de comunicación entre personas, los cuerpos de quienes se comprometen en una actividad de estas características se configuran como impedimento, como barrera, que torna inviable la común-unión personal. - Quien persigue indiscriminadamente el aplacamiento de su pulsión sexual, hace del propio cuerpo, y del que con él se relaciona, un simple objeto, una herramienta de deleite, extraña a la propia intimidad personal. - En estas circunstancias, el organismo resulta alienado, enajenado —se torna «ajeno»—, y bajo ningún punto de vista puede servir como vehículo de la comunicación personal, ni como medio expresivo de la donación amorosa. ¿Quiero sugerir con ello que la búsqueda del disfrute es el único móvil que dirige las relaciones contraceptivas? Evidentemente, no. Pero tampoco me atrevería a negar que, en ocasiones, la satisfacción del estímulo sexual se configure como efectivo motor de la vida matrimonial de quienes actúan contraceptivamente. Lo que sucede, de hecho, es que la cuestión ni siquiera llega a plantearse de forma explícita. Hoy, recurrir a la contracepción es a menudo una «costumbre» adquirida culturalmente y no cuestionada. Pero en el fondo de esa práctica late, justificada normalmente bajo pretexto de «espontaneidad», la pretensión de no «interferir» en el curso «normal» de las relaciones íntimas: lo que, traducido a términos más reales, equivale a llevar a término la unión cuando se experimente la necesidad «natural» —¿instintiva?— de hacerlo. · Por eso, para comenzar a advertir la enorme diferencia antropológica y moral que separa las prácticas contraceptivas de la regulación natural de la fertilidad, cabría apelar, entre otros elementos quizá más determinantes, a los siguientes: quienes, con grave causa, se ejercitan en la continencia periódica, han de abstenerse inicialmente, durante un período de aproximadamente un mes, de todo tipo de relaciones íntimas; y, después, durante bastantes días a lo largo de cada ciclo, de realizar la cópula. + Con ello demuestran en la práctica, con los hechos, que son capaces de doblegar el propio impulso instintivo cuando existe un motivo suficiente para hacerlo; aseguran de esta suerte el autodominio y, con él, la calidad de su entrega: incrementan la categoría de su amor. + Por el contrario, quienes acuden a los medios anticonceptivos quieren prescindir, precisamente, de la abstención. Y, al obrar de este modo, se privan de la posibilidad de ejercitar el propio imperio sobre el instinto, y con ello, de aquilatar su querer: ya no hay propiamente amor, porque, en rigor, no hay (dominio libre ni) entrega. Resumiendo. · Cuantos se acogen a los métodos contraceptivos —habiendo prescindido de la motivación cardinal de los hijos, que frontalmente rechazan—, solo pueden realizar la unión física por una de estas dos razones: satisfacer una pulsión psicofísica o expresar su amor. · Hemos visto cómo quienes lo hacen por calmar sus instintos ponen en peligro el amor mutuo. · ¿Qué decir a los que sinceramente justifican la contracepción como una necesidad o como un medio para mantener, con las relaciones matrimoniales frecuentes, el mutuo afecto? · Algo muy sencillo y radical: que, considerado en sí mismo, con independencia de las intenciones subjetivas, el trato corporal contraceptivo resulta inadecuado e incapaz de exteriorizar el amor conyugal; en consecuencia, en lugar de incrementarlo, lo lesiona gravemente, pudiendo llegar a hacerlo desaparecer. Con el fin de mostrar esta última tesis, conviene recordar en qué sentido los gestos corporales son manifestativos de la interioridad corporal.

c) El lenguaje corpóreo-personal de las relaciones matrimoniales i) La corrupción de lo óptimo… es pésima Hemos visto con detalle que la unión corporal, cuando es auténtica, cuando está respaldada por un amor verdadero, incrementa y acrisola el amor del que dimana. Y también que ese mismo trato, privado de su virtualidad natural, de la entrega real al otro o de la apertura hacia la vida, lesiona de forma irreparable el amor entre los cónyuges. Cuestión que puede explicarse, más o menos, como sigue. Precisamente porque, llevadas a término en el respeto a su cualidad natural, las relaciones matrimoniales incrementan notablemente el amor conyugal, justo porque constituyen un instrumento específico y maravilloso para acrecentar la unión… cuando se elimina violentamente su constitutiva rectitud se transforman, de elemento inigualable de perfeccionamiento, en seguro factor de desorden y muerte. Porque en sí mismas son excelentes, cuando se las desvirtúa infligen un grave perjuicio: un beso, como herramienta de traición, es el más letal de los engaños. · Pues bien, por su misma estructura interna, las relaciones contraceptivas se configuran como la falsificación radical del amor entre los cónyuges. + El gesto, aparentemente, es idéntico al de las relaciones abiertas a la vida: hay el mismo contacto intimísimo de los cuerpos. + Pero todo acaba ahí: los otros dos elementos —de los tres a que aludía cuando estudiamos la maravilla de la unión conyugal— se encuentran del todo ausentes: están adulterados. *El espacio vital que se comparte ya no es vivo ni se halla en contacto con el hontanar de la vida; son justo esas fuentes las que han sido cegadas. *Y la posibilidad radical de comunión, la persona del hijo, síntesis viva de los padres, se torna asimismo inviable. No cabe una mayor falsificación, aunque no se tenga conciencia ni culpa de ello. Y toda la fuerza expresiva de la unión corpórea, todo su vigor de compenetración, se vuelve irreparablemente contra quienes actúan de forma contraceptiva. · La relación contra-ceptiva contra-dice de forma implacable el amor que pretende manifestar. ii) La gran contradicción Cabría dar un paso más y preguntarse: ¿dónde radica realmente la contradicción? + Y la respuesta sería, más o menos: una contradicción es tal porque afirma y niega, simultáneamente, la misma realidad. + Pues esto es lo propio del amor contraceptivo. - En él se rechazan drásticamente los tres elementos constitutivos del amor que subjetivamente y, a veces, con sinceridad, pretenden confirmarse. - Se afirman y niegan, de manera simultánea, la corroboración mutua en el ser, los deseos de plenitud y la entrega recíproca. En efecto, ¿qué se dicen los esposos que utilizan tales métodos, en relación con cada uno de estos tres integrantes del amor? 1) Respecto al primero, si pretenden en verdad amarse, no pueden sino afirmar con el espíritu: «te quiero, estoy encantado de que existas, acepto y confirmo tu persona íntegra» (en virtud de su superlativa unidad, si no se acoge la persona íntegra… de ningún modo se acepta a la persona); - pero con el uso de su genitalidad, a través de sus relaciones íntimas, niegan lo que en principio su espíritu sostendría: «te quiero, sí, pero te quiero estéril; me entrego enteramente a ti, con excepción de mi capacidad de engendrar». 2) En lo que afecta al segundo punto, sostienen: «deseo y busco tu plenitud como persona, tu desarrollo perfectivo, - pero no el engrandecimiento que en ti puedan suponer la paternidad, la maternidad»; + «anhelo gozosamente que entres en mi vida, para perfeccionarla… - pero me reservo el derecho de mantener infecundas, de no desplegar, las facultades que me llevarían a ser padre, o madre, de tus hijos». 3) Por fin, aseguran: «soy todo tuyo, eres toda mía, - menos nuestra capacidad de generar, que debe permanecer en barbecho». · ¿No son todas estas restricciones prueba palpable, puesto que se sitúan en un plano casi físico, de la falsía real —no necesariamente advertida ni culpable— de las relaciones contraceptivas? · ¿No es evidente que, a pesar de todas las teóricas confesiones verbales de amor —probablemente sinceras—, se rechaza de hecho una dimensión esencial de la persona querida, una dimensión que constituye parte fundamental de su índole sexuada y, por tanto de su mismo ser personal? Se acoge teóricamente a la persona amada, y se entrega uno a ella, repudiando al mismo tiempo algo fundamental e imprescindible, una porción del propio ser personal. · De amor, de entrega incondicionada, ni rastro: todo son distinciones, salvedades. Según recuerda Burke, «… en el verdadero trato sexual-marital cada esposo renuncia a cualquier actitud de auto-posesión defensiva, para poseer plenamente al otro y ser plenamente poseído por el otro. Esta plenitud del auténtico don sexual y de la auténtica posesión sexual se alcanza solamente en un acto conyugal abierto a la vida. Solo en el trato sexual procreativo los esposos se intercambian verdadero “conocimiento” mutuo, realmente se hablan humana e inteligiblemente, realmente se revelan mutuamente en la plenitud de su actualidad y potencialidad humanas. Cada uno ofrece, y cada uno acepta, el pleno conocimiento conyugal del otro». · La cuestión, que el uso generalizado puede hacer aparecer como inocua, reviste tal gravedad que, según ha demostrado la psiquiatría contemporánea, incluso puede dar origen a graves trastornos psíquicos. En efecto, recuerda W. Poltawska que el empleo de anticonceptivos provoca «siempre una situación ambivalente. Los cónyuges desean unir sus cuerpos, pero, al mismo tiempo, no permiten la unión de los gametos. Como consecuencia, surgen dos tendencias contrapuestas: una “hacia sí mismo” y otra “contra sí mismo”; esto genera la inevitable tensión psíquica que acompaña siempre a las situaciones contradictorias. Ahora bien, los sentimientos contrapuestos engendran inquietud y, como resultado, pueden conducir a la neurosis». Con otras palabras: + Rechazando las leyes de la reproducción personal, mientras pretenden conservar el amor, - los esposos tienden a entregarse una parte de sí mismos —el hijo, la propia fertilidad, la futura paternidad o maternidad— - que, al mismo tiempo y de una manera más definitiva, no se quieren donar. + Esto produce una quiebra en la identidad profunda de cualquier persona, - y forzosamente ha de tener repercusiones psíquicas,  además de minar el amor del que presunta y sinceramente deriva, pero al que en realidad se opone. De ahí que pueda afirmarse que el uso contraceptivo del matrimonio mata, por la misma fuerza de las cosas, el verdadero amor conyugal. A lo que habría que añadir que, por este radical motivo, resulta bien difícil e incluso imposible conquistar la plena felicidad dentro del matrimonio… mientras se mantengan deliberadamente la mentalidad y la práctica anticonceptivas. Resume una vez más Brancatisano: «En contra de lo que parece, el primer efecto de la contracepción se produce en los sujetos de la acción contraceptiva —la pareja— y no en su consecuencia —el hijo—; y esto, por el alejamiento que se genera entre el varón y la mujer. Pues, desde el momento en que la donación carece de una de las facultades más profundas y preciosas del ser humano —su capacidad de procrear—, la unión sexual deja de ser signo y coronación de la entrega completa y recíproca de ambos cónyuges. Con independencia del método contraceptivo utilizado y de su acción física sobre el sujeto, su uso daña, en cualquier caso, la integridad de la persona, y no solo en el plano físico, sino con mucha mayor hondura en el psíquico y espiritual de la donación completa: lastima el mutuo abandono y la confianza de uno en otro».

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Tomás Melendo Granados- REVISTA ARBIL 117


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